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Estuvo muy agradecida con la vida, por cuanto tuvo y por quienes estuvimos cerca de ella

Esta es la historia de mi hermana Lily.

28 Ago 2017 0 comment  

Esta es la historia de mi hermana Alma Liliana Villegas Sánchez (Lily), que nació el 16 de abril de 1972, en Tlalnepantla, Estado de México. Dudaba de contar su historia en primera persona, pero creo que era la única manera de hacerlo: es mi perspectiva, mi subjetiva forma de percibir las cosas, por tratarse de una persona tan allegada y querida por mí.

Hija de Felipe Villegas Arredondo y Alicia Sánchez Heredia, la mayor de las hijas que les sobrevivieron, la mayor de 5 hermanos. Ella contaba haber tenido una infancia, aunque con carencias materiales, normal, feliz; y creo que todos la tuvimos, hasta que mi hermano Saúl, el único varón, y el más pequeño, falleció poco antes de cumplir 5 años de edad, desde entonces, Lily, siendo una adolescente de poco más de 15 años, tuvo que hacerse cargo, de alguna forma, de sus hermanas menores, a la par que nuestros padres seguían fungiendo como tutores, pero se habían alejado emocionalmente entre ellos, y su dolor no les permitió permanecer muy cercanos con las hijas que les quedaban. Así que ella fue una segunda madre para las hermanas que le quedábamos; siempre preocupándose si salíamos: “¿A dónde, con quién, a qué hora regresas, tienes dinero, ya le avistaste a mis papás?”; en lo personal, cuando yo llegué a la adolescencia, esa vocación suya de madre sustituta, me irritaba bastante, pero creo que era más problema mío que suyo que eso me hiciera rabiar, ahora entiendo que siempre se preocupó así por todos los miembros de la familia, siempre que tuvo oportunidad ayudó a quienes le rodeábamos: con recursos materiales, escuchándonos, aconsejándonos, etc. Le gustaba viajar, dormir, le encantaba convivir con la familia, le gustaba su trabajo, adoraba a sus papás, abuelos, sobrinos y hermanas.

 

Estudió contabilidad en la Vocacional, y posteriormente en la ESCA, trabajó desde aproximadamente los 18 años, pero lo cierto es que nunca tuvo un excelente trabajo (sueldos bajos, explotación laboral, envidias), y pese a eso, nunca se rindió, trabajó todo el tiempo que pudo porque le encantaba su trabajo. Y trabajó no solo para ella, pues, aunque no se casó nunca ni tuvo hijos, era bastante dadivosa, y le gustaba siempre tener un regalo listo para cada una de sus hermanas, para sus padres, para sus tíos, primos y sobrinos (en navidad, en los cumpleaños, el 10 de mayo, el 14 de febrero, el día del niño, etc.) Fue ella quien, en mis cumpleaños, desde que yo era pequeña, siempre me dejaba una tarjeta de felicitación hecha por sí misma o un regalo, por pequeño que fuera, en el cajón de mi ropa, para que yo lo encontrara cuando me levantara, aunque ella se hubiese ido temprano a trabajar.

 

Se enamoró algunas veces, pero tampoco fueron muy afortunadas sus historias, y sin embargo, aunque me reservo, por respeto, el derecho de contar las situaciones difíciles que vivió con respecto a ello, estoy segura que, a pesar de todo, tuvo momentos o quizás temporadas muy felices. Supo ser también muy agradecida con la vida por todo cuanto tuvo y por quienes estuvimos cerca de ella: contaba que en una ocasión que estuvo trabajando algunas semanas en Cancún, daba gracias a la vida por permitirle ver esas maravillas de la naturaleza, el mar con ese color tan hermoso, y un compañero suyo la criticó por ser tan exagerada, a lo que ella le respondió que lo hacía porque tal vez no tendría la oportunidad de volver a ver todo eso. Y tuvo razón.

 

No obstante la felicidad, llegó un momento en la plenitud de su vida (tenía 38 años), en que su salud se vio mermada por una cojera del pie izquierdo que no cedía y que le inició luego de una aparente y simple torcedura, la cual fue empeorando hasta avanzar por toda su pierna, y provocarle debilidad también en la otra, por compensación del peso, decían los médicos a quienes había consultado, pero a pesar de haber usado férulas, tomar medicamentos, consultar especialistas, someterse a estudios y sospechar un sinfín de padecimientos ortopédicos, al final se dio con la verdad. Su enfermedad era crónica neurodegenerativa: ELA le llaman quienes ya están familiarizados con ella, y significa Esclerosis Lateral Amiotrófica. Recuerdo que ella, con anterioridad averiguó de la existencia de ésta y sospechó que podía ser eso lo que le mantenía con torpeza para caminar y/o mantener el equilibrio, y por supuesto, esperaba que no fuera así, ya que se sabía que no tenía cura y no se conocían las causas exactas, pero aunque sus temores fueron confirmados después de 2 largos años de presentar los primeros síntomas, y de haber empeorado paulatinamente, ella tomó con bastante serenidad el diagnóstico terrible, y en general, durante todo el curso de su enfermedad, mantuvo la entereza, la esperanza de curarse o mantenerse así y la alegría de vivir; en pocas palabras fue un ejemplo de fortaleza.

 

En los 4 años posteriores al diagnóstico, Lily tuvo que dejar el trabajo y pensionarse por discapacidad motora, la vida de toda la familia se vio afectada pues poco a poco dejó de caminar, de levantarse, de comer, respirar, hablar y beber con normalidad, de vestir, bañarse, peinarse por sí sola, tomar cosas con sus manos, y siempre requería ayuda para sus actividades cotidianas. Todos estos cambios en las dinámicas familiares, repercutieron en nuestros hábitos de sueño, y alteraron emocionalmente a quienes la cuidábamos. En honor a la verdad, debo decir, no con poca vergüenza que esa tensión me llevó incontables veces a pelear con ella, a perder la paciencia, a tratarla mal, y sin embargo, ella al final, entendía perfectamente las motivaciones de sus cuidadoras primarias (nuestras hermanas Claudia y Esmeralda, y yo).

 

Y así lo manifestó justamente el 22 de agosto de 2014 cuando, desde temprano, comenzó a sentir que no le quedaba mucho tiempo: su corazón latía débilmente, tenía dificultad respiratoria, no podía dormir, sentía dolor, casi no comía ni bebía, sufría estreñimiento, y en general, llevaba varios días sintiéndose muy mal y a duras penas lograba comunicarse con balbuceos y algunas palabras garrapateadas en libretas o escritas en su celular. Ese día, pocas horas antes de su muerte, tuvo una leve mejoría, se le vio sonreír, y logró hablar un poco, nos llamó a mí y a mi hermana Esmeralda, por separado y nos agradeció por todo cuanto habíamos hecho por ella, pidió perdón por las molestias que causaba, dijo que nos quería mucho, y eso, con toda seguridad, le ayudó para dejarse ir en paz hacia su libertad ya que su enfermedad la había ido dejando de a poco, presa en su propio cuerpo, un cuerpo que ya no le respondía, que era, más que un vehículo, un lastre. Así pues, ese viernes, a las 19:15 Hrs aproximadamente, su corazón se detuvo por completo, dejó de respirar y se liberó. Lejos de decir que perdió la batalla, puedo decir que ganó porque luchó con todas sus fuerzas por vivir cada día lo mejor que pudo, y fue ejemplo de amor, de perdón, gratitud, resiliencia, valentía, trabajo y alegría. Tiene bien merecida su libertad, su descanso y una nueva vida llena de cosas positivas, si es que eso es posible. Ojalá lo sea, y ojalá allá volvamos a encontrarnos.

Fuente: Proyecto Cristina

 

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