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¿Quién soy yo para quejarme?

Testimonio de Francisco Dittborn.

22 Sep 2017 0 comment  

¿Quién soy yo para quejarme?. Esa frase no la pronunció Francisco Dittborn, sino que la escribió. Porque su enfermedad degenerativa, la ELA, partió por robarle el habla a este empresario. Pero él no baja la guardia. Hoy gasta sus días en el nuevo Museo Taller, un espacio dedicado a la carpintería que armó para transmitir su amor por ese oficio.

Parte en las manos o en los pies. Generalmente es así. Pero a él, a Francisco Dittborn, esto le comenzó en el habla. Fue hace siete años: en junio del 2010, luego de que fuera a un matrimonio con su mujer, Francisca Ugarte. Pocos días después de esa fiesta, unas amigas se lo dijeron a la esposa: que habían notado raro a Francisco, que hablaba arrastrando las erres; incluso le preguntaron directamente si estaba bebiendo. Ella, Francisca, recordó entonces un episodio en el verano, cuando estaban en su casa en Ranco: su marido se atoró tanto, que cayó ahogado al piso. Se inquietó. Por eso, después de hablar con sus amigas, esa misma noche de junio enfrentó al esposo. Y él, para sorpresa de ella, ni siquiera se molestó. Le dijo que le pidiera hora con un neurólogo.

Cuando llegaron a la clínica, la doctora le hizo la pregunta de rigor: ¿Y a usted qué lo trae por aquí? Entonces Francisco Dittborn se puso a llorar a sollozos. Al verlo así, la neuróloga tuvo el primer indicio. Porque la temida ELA, que es como se conoce a la esclerosis lateral amiotrófica, provoca una tendencia a cambiar abruptamente de estado emocional.

La doctora que vio llorar a Francisco Dittborn pidió enseguida la opinión de un neurólogo especialista. Decidieron dejarlo internado para hacerle exámenes. Desde resonancias magnéticas hasta punciones lumbares. Había algo neurológico, pero aún no había diagnóstico concreto. Hasta que un médico dio la sentencia:

Le dijo que era de tipo primario. Eso sólo significa que avanza más lento. Pero es igual de irreversible. Los músculos no responden, se pierde el movimiento; luego cuesta respirar, masticar, tragar. Al final, el paciente sólo puede mover los ojos. Como Stephen Hawking, el paciente con ELA más famoso del mundo.

El diagnóstico fue un golpe para Francisco Dittborn, su esposa y sus tres hijos. Lo reconoce su mujer una tarde en que deja salir la tristeza de estos siete años: “Mi siquiatra siempre me dice: Pancho no es el único que tiene ELA; también lo tienes tú y toda la familia”.

Al lado del taller hay una sala con materiales y madera. En la mesa del centro, mirando al patio, Francisco Dittborn se instala con su silla de ruedas. No es cualquiera: es una silla de madera que a él le gustaba y que hizo se la adaptaran con dos ruedas y un motor. Cerca hay una taza de café con leche y su tablet. Sabe que le tocará escribir.

¿Qué fue lo primero que se te vino a la cabeza cuando te dijeron ELA?

Como dice un amigo: qué pena que me retiren porque esto está muy entretenido. Sentí más pena que rabia. Si hago un balance, tengo mucho a mi favor y no hay que ser ambicioso.

¿Qué ves a tu favor?

Miles de cosas, sobre todo cuando uso el dicho de mi padre: comparado con quién. Tengo mi familia, amigos y salud hasta hoy. Cuando veo maestros en la micro que llegan a construir a las 7.30 am a Lo Barnechea, trabajan todo el día, vuelven a las 18, dos horas arriba de la micro para llegar a viviendas más o menos, y con poca plata… ¿Quién soy yo para quejarme? Tengo 62 años y lo he pasado muy bien.

¿Te asusta el futuro?

Me preocupa perder la capacidad de mantener el ánimo y la alegría, con tantas limitaciones y molestias. Pero ahí viene ese otro dicho que dice: ahí vemos.

 

Hace dos años, Francisco Dittborn convenció a sus hijos para que fueran todos vecinos. Así que compró un gran terreno en Lo Barnechea y cada cual se construyó una casa, una al lado de la otra, con los patios comunes.

En la casa de él, se preocupó de adaptarla para alguien a quien la discapacidad le irá aumentando. Construyó un ascensor entre el primer y el segundo piso. “También está planificado que se puedan poner rieles desde la pieza de nosotros hasta el baño. Porque hay un sistema para colgar a una persona inválida y así la mueves. Él tiene todo pensado”, dice su mujer.

Mirar el futuro con realismo, aunque sin pesimismo, es algo muy suyo que a su familia la sorprende. Son cosas que ellos preferirían no pensar. Pero entienden que no hay otra manera. La mirada hacia adelante debe ser pragmática, aunque se mezcle con lo descarnado. Francisco Dittborn lo ha hecho desde que la ELA se le metió al cuerpo.

Recuerda su esposa: “En un viaje a Cuba, Pancho ya tenía esta enfermedad y estaba con mucha dificultad para hablar. Metido en el agua, me dice: ¿cómo va a ser cuando no pueda hablar? No mi amor, le decía yo, siempre te vamos a entender. Y nada, llegó el momento en que no puede hablar. Hace un sonido, pero no es voz lo que tiene”. Seguramente, aunque no se lo dijo a su mujer, Francisco Dittborn metido en el mar cubano ya pensaba en las tablets.

Francisco Dittborn no le hace el quite a pensar en la muerte. Asiente con la cabeza cuando escucha la palabra.

La muerte es inevitable para todos, pero estas enfermedades degenerativas son un recordatorio permanente.

Sí, y valoras otras cosas. Hoy con el kinesiólogo caminé un poco con un burrito, y le decía: qué lujo más grande. Y pensar que caminar es un desde para cualquier persona. Tomas conciencia de pequeñas cosas que se pasan por alto.

Hoy creo que una persona que anda en silla de ruedas y habla y come y puede hacer algo con sus manos no es tan malo. Antes lo veía con mucha más pena.

¿La ELA es un golpe de humildad?

Sin duda. Hoy debo ser más paciente, porque dependo de los demás. Estoy más acostumbrado a dar que recibir, y ahora me toca aprender a recibir. Cada día seré más dependiente.

Es reinventar una manera de relacionarse incluso con los más cercanos. Es otra etapa. Lo que más preocupa son los nietos. Los hijos ya son grandes y lo han pasado bien…

¿Cómo percibes que tu familia te ve?

Están sorprendidos por como lo llevo. No creen que es verdad. Y sí es verdadero.

¿Siempre has sido así?

Sí. Pero ahora soy más intenso, porque estoy apurado. Y esa es la duda: hasta cuando seré capaz.

El mismo futuro que Francisco Dittborn mira con pragmatismo, a su familia le aprieta el pecho. "Es fuerte cuando por delante lo único que miras son peores momentos que ahora… Pero Pancho ha sido una ayuda impresionante" , dice su esposa.

Sus dos hijas reconocen que al padre siempre lo han visto calmado. Jamás con rabia. Jamás con quejas. Siempre con el ánimo arriba.

Dice Manuela, la hija menor: “Cuando me casé hace tres años, el papá aún se paraba y entró a la iglesia caminando conmigo. Del brazo, apoyado en mí. Durante meses ensayó con el kinesiólogo, y nosotros en las mañanas también practicábamos. Después de eso, yo sentí que dijo: ya cumplí con la Manu y ahora a la silla de ruedas”.

Fuente: La tercera

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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